Este año, como me he portado muy bien, los Reyes Magos me han traído el último libro de Jesús Baigorri Jalón (Alberite, La Rioja, 1953), licenciado en Geografía e Historia, intérprete de conferencias y profesor de interpretación en la Universidad de Salamanca. En él analiza el papel de los intérpretes en el conflicto que sacudió España en los años 1930: la Guerra Civil.

Todos sabemos que la Guerra Civil no fue solo un conflicto interno, sino que jóvenes antifascistas de medio mundo vinieron a luchar con el bando republicano, además de los asesores soviéticos, y que en el bando franquista hubo combatientes marroquíes, alemanes e italianos. Pero en lo que quizás no hayamos caído (al menos yo no lo había pensado) es que esta amalgama de nacionalidades representaba más de 50 lenguas y culturas diferentes que complicaban sobremanera la comunicación. De ahí que la figura del intérprete fuera de máxima importancia, ya no solo porque facilitara la comunicación sino porque aseguraba que las órdenes se entendían y cumplían.

Los británicos encuadrados en la Brigada XII bajo mando alemán solo reaccionan cuando entienden las órdenes a través del intérprete Arnold Jeans, que se convierte así, a efectos prácticos, en el mando: «Oímos la voz de Jeans, que nos dijo que nos levantáramos y corriéramos…» (Romilly 2011/1937: 147).

La investigación de Baigorri ha sido complicada por la falta de pruebas documentales y de testimonios aún vivos. Pero a lo largo de sus páginas nos va desgranando cómo conseguían entenderse en un bando y en otro gracias a la labor de intérpretes profesionales (como las intérpretes –eminentemente mujeres– que acompañaban a los mandos soviéticos) o amateurs en la figura de jóvenes políglotas, sobre todo judíos que ya habían vivido la diáspora por media Europa.

 En concreto, los asesores soviéticos necesitaron intérpretes personales para poder ejercer sus funciones a todos los niveles: formación técnica y política, misiones especiales, coordinación con el mando, inteligencia, intendencia, represión, etc.

Baigorri defiende que, en aquel contexto, y a diferencia de lo que pasa (o debería de pasar) hoy en día, el intérprete no era neutro, sino un vehículo de propaganda y una verdadera arma de guerra.

Las funciones que se exigen del intérprete según los tipos de interacciones hacen de ellos, como dice un informante del estudio de Hajjar (2016:6-7), «navajas suizas» de diferentes usos, que combinan la función cortante del filo con otras más suaves, menos sangrientas de los componentes de este utensilio/arma.

Por supuesto, el vínculo con conflictos más actuales es inmediato. A todos nos vienen a la cabeza los intérpretes abandonados a su suerte por los distintos gobiernos tras los conflictos en Afganistán o en Irak, o las misiones de mantenimiento de la paz en las que distintos países enviaban cascos azules y en las que sin duda la figura del intérprete facilitaría la comunicación entre las tropas, así como con la población local.

El autor también explica anécdotas graciosas sobre la voluntad de entenderse entre los combatientes de un mismo bando a pesar de no hablar el mismo idioma y algunos conflictos causados ya no tanto por el idioma sino por la cultura y la manera de ver el mundo que viene con cada lengua, como esta que explicaba una intérprete rusa:

 –¿Tienes frío? –me preguntó Carmona al observar cómo me envolvía en mi gabardina.
–No mucho, pero echo de menos la nieve…
–¿Qué?

Carmona se calló. Estaba disgustado porque no me había entendido. Para un andaluz era difícil de entender que alguien echara de menos la nieve (Parsina, 2002:99)

O sobre las interpretaciones con relé que se hacían al no dominar todos los intérpretes las distintas lenguas. Es decir, si un ruso tenía que hablar con un español, sucedía que un intérprete hacía del ruso al francés y el otro hacía del francés al castellano. Así, en ocasiones, como si del juego del teléfono se tratara, el resultado final no tenía nada que ver con el mensaje original.

Desgraciadamente, todavía hoy, como entonces, sigue sin quedar claro que el conocimiento de las lenguas es una condición sine qua non pero no única para ser un buen intérprete.

Algunas unidades, como la Legión Cóndor o los asesores soviéticos, trajeron con ellas a sus intérpretes, supuestamente formados para ese oficio. En el resto de los casos, la premisa en la que se apoyaban quienes dependían de la interpretación era que cualquiera que fuera capaz de entender y de hablar las dos (o más) lenguas necesarias sería capaz de transmitir a una lengua lo que se decía en la(s) otras(s). A primera vista, la lógica del razonamiento parece aplastante, pero quien conozca los entresijos de la interpretación sabe muy bien que el conocimiento de los idiomas es condición necesaria pero no suficiente para interpretar entre ellos.

En resumen, este libro pone el foco en una profesión que siempre queda en la sombra, invisible, pero que es de vital importancia para garantizar la comunicación. Esperemos que los intérpretes profesionales podamos seguir haciendo este trabajo que adoramos en condiciones más pacíficas y agradables que los protagonistas del libro de Baigorri.

¡Disfrutad de la lectura!

Referencias:

  • Lenguas entre dos fuegos. Intérpretes en la Guerra Civil española (1936-1939). Jesús Baigorri Jalón. Editorial Comares. 2019
  • Los traductores abandonados de Afganistán. Artículo publicado el 30/09/2015 en El País.

Por orden de aparición, las citas figuran en las páginas 17, 19, 8, 37 y 25 de la obra.